Me presento. Soy Meñique, sí, me bautizaron así. Meñique Salvatierra.
Mi mejor amiga se llama, Enza, Enza Vergu.
Ella y yo fuimos vecinas por mucho tiempo. Desde chiquitas. Su casa lindaba con la mía. Compartíamos la medianera. Y así nos hicimos medio amigas.
Enza, de chiquita siempre fue algo extraña, digamos que distinta al resto de los de nuestra edad.
Siempre hablaba de cosas raras, preguntaba cosas, y llevaba encima todo el tiempo, una libretita con una lapicera bic. Cuando sos chico, te pones curioso, y yo le pregunté una vez que por qué siempre andaba con esa libreta encima. Enza me contestó que no era asunto mío. Me dió la espalda y escribió algo.
Mi casa era la más popular, cuando salíamos del colegio, venían algunos compañeritos de mi clase a jugar. Y como Enza era mi vecina, yo la invitaba.
Era medio tímida, no se integraba cuando había muchos. Sólo miraba mientras jugábamos (con la libreta encima) y hacía preguntas.
Pedrito, uno de mis compañeros de clase, siempre se sacaba los mocos delante de todos. Y Enza al verlo le preguntó:
-Qué te genera Pedrito sacarte los mocos con el dedo en vez de con un pañuelo??
Y Pedrito contestaba que los mocos molestan y que se los sacaba porque no tenía pañuelo.
Después estaba Alfredito. Lo cargábamos porque tenía mucho olor a pata siempre. Y como se sentía perseguido cuando se sacaba las zapatillas, se olía los pies.
Y ahí Enza lanzaba su pregunta:
-Te gusta olerte los pies? Qué olor tienen?
Y Alfredito, dubitativo, le respondía que siempre se los olía porque era como un tic que tenía y para ver si se sentía mucho el olor en el ambiente.
Escondía la libretita (cuando había mucha gente) detrás de una pizarra mágica, entonces disimulaba que escribía ahí. Pero no. Escribía en su anotador lo que le iban contestando.
Era reservada ella, aunque conmigo a solas era más normal... Pero de chicos muy normales no éramos.
Y así era siempre. Íbamos al supermercado juntas y anotaba lo que escuchaba de la gente. No sé porque nunca me animé a preguntarle para qué hacía eso.
Un día yo sin que se diera cuenta, crucé la medianera y la espié desde su cuarto. La vi leyendo en voz alta y haciendo cosas frente al espejo. Justo mi mamá me pegó un grito y Enza se dió vuelta, me escondí como pude, y corrí a mi casa.
Mi tío me dijo, son chicos, andá a saber… Quizás sea curiosa. O quiera escribir un libro.
Y yo le decía:
_ Pero tío, Enza nunca cuenta nada de ella, siempre pregunta cosas al resto, o escucha conversaciones ajenas y anota… es una enfermedad?
_ No creo, me dijo mi tío. Y cambió de tema.
Un día me mandó por debajo de la puerta un sobre con una carta que decía:
“Querida Meñique: te pido que no me busques más. Me voy a quedar en mi casa porque tengo mucho que aprender. Mi mamá ya sabe y ya estamos más grandes. Asique no me molesta tanto. Prefiero quedarme en casa haciendo mis cosas. Te mando un beso. Enza”
Cuando leí “mis cosas” no supe que pensar. La mamá de ella no estaba nunca en su casa. Y yo tenía miedo que hiciera algo fuera de lo común. No sé.
Yo la seguía espiando sin que se diera cuenta. A veces la oía llorar, o gritar, o reírse, experimentaba cosas, yo la veía, hacía cosas que jamás hacía en público: se reía, lloraba, se sacaba mocos, comía hasta vomitar, se tiraba pedos, etc…
Yo me quedé anonadada. Me asusté y decidí no volver más.
Decía: “Querida Meñique: en todo este tiempo encerrada hice cosas que jamás antes había hecho. No puedo darte detalles pero te enteraras algún día. Sólo quería contarte que descubrí algo que no estaba anotado en mi libretita. Lo descubrí yo y por eso me voy a mudar. Te pido que no me escribas. Ni me busques. Ya tendrás noticias mías. Un abrazo. Enza Vergu. PD: te dejo la llave de mi casa para que me la cuides. Mi mamá se mudó y sos la única persona de confianza.”
Acepté con resignación esas palabras.
Muchos meses después, mientras hojeaba el periódico mis ojos se detuvieron ante tal noticia. “Enza Vergu, descubridora de la vergüenza.” Decía el titular. La nota hablaba de sus viajes, de que dio charlas por distintos lugares del mundo explayándose sobre su descubrimiento.
Descubrimiento.
Me detuve en esa palabra. Cuándo Enza descubrió algo? Es una enfermedad ésto que dice el diario? No se entiende mucho.
Hasta entonces nadie sabía de la existencia de la “vergüenza”. Ni en el diccionario estaba.
No estaba porque no existía. Hasta que Enza encerrada en su casa donde yo la espiaba, descubrió esto que no sabemos qué es. Y encima le puso su nombre dado vuelta. (Enza vergu, vergüenza)
-Cómo logró semejante descubrimiento? Preguntaba el reportero en gallego. Podría explicar un poco más de qué se trata?
-Pues claro _contestó Enza_ (encima se hacía la española). Resulta que me he dado cuenta a través de varios años, que algo se sentía en el cuerpo, adentro, como en el espíritu o en la psique, que hacía que te sintieras distinto. Yo de niña llevaba a cuestas siempre un anotador, me comprendes? Donde escribía de todo. Cosas que veía. Cómo se comportaba la gente sin ningún pudor o sensación de incomodidad. Pues que a cierta gente no le importaba hacer ciertas cosas en público que a mí sí. Yo de niña era más bien callada, reservada. Y fue entonces donde sentí que yo tenía algo y que el resto no. Me sucedían cosas internamente que parecía ser que a común de la gente ni le importaban. Exploré en mis adentros para lograr sacar eso que no tenía definición. Y pude definirlo como turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena.
_ Pues pensé en mi nombre. Cuando alguien descubre algo, sea lo sea, suelen ponerle su propio nombre. Entonces sólo invertí el mío.
Lo desparramó por ahí como quien no quiere la cosa, se hizo famosa y hasta escribió libros.
Entré. Temerosa. La casa olía a pasado. A mustio. A sucio. Un sudor frio me recorrió la espalda. Entré a su habitación y ahí vi sus secretos. Estaba todo tal cual como lo había dejado aquel día que me dijo que se marchaba.
Papeles por el suelo. Dibujos en la pared. Grabaciones de ella misma. Objetos rotos. Cera de vela por donde pisaras. Me quedé en el umbral de la puerta viendo de forma panorámica eso que ella había estado haciendo todo el tiempo que estuvo encerrada.
Sentí miedo. No sabía qué hacer. Entré. Empecé a leer sus notas. Hablaba de todos nosotros. De nuestras historias. De nuestra infancia. Las lágrimas me caían sin explicación. Una sensación de locura invadió mi cabeza. Me sentía prisionera de Enza Vergu. De su “descubrimiento”.
Si bien el miedo que no me soltaba era fuerte, no lograba salir de ahí. Enloquecí revisando todo. Tratando de entender que había llevado a mi vecina y amiga de la niñez, a condenarnos con su “vergüenza”.
Respiré profundo. Dudé en llevarme aquellas cosas. Preferí no hacerlo. Pensé en llamar a la policía. Pero para qué?
Cerré la puerta con llave.
Salí de la casa. La miré desde afuera. Y una idea terrible me vino a la mente. “voy a prender fuego esta casa”.
Pero yo no era así. Pero el odio por ella quiso que yo lo hiciera.
Busqué lo necesario y dí comienzo a la fogata.
La observé durante un momento. Luego salí, caminando… tranquila… conforme… aunque cambiada… Yo ya no era la misma…
Quería encontrarla. Mirarla cara a cara y pedirle explicaciones. Sabía que no me las daría. Entonces decirle: “toma, acá está tu llave… fijate si volvés a tu casa…”
Me cambié el nombre.
Yo ya no era la misma.
Ella me había cambiado.
Ella nos había cambiado a todos.
Y jamás se dignó a aparecer.
Hay gente peligrosa.
Y nunca supe que mi mejor amiga de la niñez, haría que yo me convirtiera en otra. Aun no sé quién soy. Sólo sé que su descubrimiento logró lo que ella, secretamente deseaba: Quitarnos la felicidad que jamás tuvo.
Si Enza se encuentra en algún lugar ahora, creo con total certeza, que sufre por habernos lastimado. Aunque jamás vaya a reconocerlo.
Enza nunca apareció.
Nunca más.
Nunca se enteró que casa fue quemada por mis manos.
Enza ya no existe. Solo dejó su herencia. Una casa hecha cenizas y un síntoma llamado vergüenza.
Y así estamos. Lidiando con ello. Sabiendo, en el fondo, que Enza algo de razón tenía.
Algo de mérito habrá que darle…
Yo se lo doy. Y me siento parte de la historia.
Si Enza murió… estimo que su epitafio dirá nuestros nombres.-
TanSoloUnCuento.-
Bueniiiiiiiiisimo!
ResponderEliminarNosgustaaaaaaaaaa
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